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lunes, 25 de enero de 2010

RECUPERANDO EL IDIOMA CASTELLANO 2

SEGUNDO CAPÍTULO
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Donde, dónde, adonde, adónde y a donde.
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Estas palabras se usan mal, en muchos sitios (dentro y fuera de España).
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A veces me pregunto ¿De qué vale que haya miles de escritores españoles y latinoamericanos, si pareciera que nadie los lee? También hay infinidades de obras literarias, escritas en otros idiomas y traducidas al español, en las que se respetan las normas. De ser leídas en forma suficiente, no surgirían los errores que tanto fomentan los intérpretes y traductores de películas norteamericanas, especialmente en América Latina.

Muchos periodistas también ayudan a fomentar errores idiomáticos, como cuando utilizan la palabra "tsunami" para referirse a "maremoto", por ejemplo.

Las palabras con las que he encabezado el artículo tienen distinto significado, dependiendo de lo que se quiere expresar, si se trata de una pregunta o una afirmación, por ejemplo. O si se está en un lugar o se va hacia otro lugar.

Es como cuando preguntamos "¿Por qué...? y respondemos "porque..." No suena nada de bien preguntar "¿Porque?" y responder "por qué", ¿Verdad?

Voy a simplificar esto, con el extracto de una de mis narraciones:

EL VIEJO Y EL NIÑO
El sol empezaba a perderse, en el horizonte. Las nubes se habían tornado rojizas, allí donde el sol parecía sumergirse, detrás de la montaña. Era la montaña más alta, después de las muchas que las dos figuras quijotescas habían subido y bajado aquel día.

-¿Adónde iremos, cuando todo esté oscuro? -preguntó el andrajoso niño (que iba montado sobre un asno), al anciano que caminaba a su lado, más andrajoso aún y con cara muy pálida y triste. El viejo no había dicho una sola palabra desde hacía varias horas.

-¿Adónde? -repitió el anciano, sorprendido, fijando su vista hacia donde el sol desaparecería inevitablemente, como si el astro fuera un anciano cansado y enfermo (como él) y descansaría apenas se posara en una superficie. -Pues, no lo sé, hijo. No puedo saberlo. Tal vez iremos a aquella casa que vimos, allí donde cruzamos el último río, donde está la mata de guanábana…

El muchacho sintió un repentino temor. Habían recorrido un largo camino para llegar hasta allí, en busca de sus hermanos. Habían tenido que ocultarse, en repetidas ocasiones, de sus perseguidores. Sólo en la tarde de ese agitado día habían logrado continuar tranquilos. Recordaba todos los puentes que habían cruzado, todos los ríos y riachuelos que habían vadeado. Recordaba el último río y la casa, que parecía abandonada. Sí, seguramente allí podrían descansar. Con toda seguridad los soldados no se atrevían a perseguirlos tan lejos. Ya estaban en una tierra de nadie. Los soldados temerían más que ellos mismos el internarse en esos parajes solitarios, por temor a encontrarse con guerrilleros o animales salvajes. A pesar de estar fuertemente armados, no tenían moral suficiente para enfrenterse con otros hombres armados.

-¿Dónde están ellos?- balbuceó el muchacho, con una voz quebrada- ¿Dónde están mis hermanos?- Tras decir estas ultimas palabras, el niño empezó a lloriquear. Había soportado mucho sin quejarse ni llorar, desde que habían dejado el lugar donde vivían, en donde dejaban tantos bellos recuerdos, a pesar de la miseria en que habían vivido. Además, allí vivían tranquilos, en cmpañia de sus hermanos. A sus padres no los había conocido. Estos habían sido asesinado por paramilitares. Pero eso había ocurrido cuando él era un lactante. Desde entonces era su abuelo el que había sido padre y madre para él.

-No llores, no llores. No te preocupes. Los esperaremos en esa casa esta noche y si no vienen, continuaremos el viaje. Los encontraremos, te lo puedo garantizar. Lo importante, ahorita, es estar protegidos de las fieras. Allí a donde vamos, no habrá peligro, por lo menos, no esta noche.

La voz del viejo había recobrado la sonoridad y claridad que el muchacho siempre había oído, hasta ese día, que tuvieron que huir de los soldados, que los acusaban de colaborar con la guerrilla. Sus hermanos habían logrado escapar, creyendo que el viejo y el niño ya estaban lejos de allí.

El anciano y el niño estaban sembrando matas de plátano en una quebrada, en la que había un pequeño manantial, cuando oyeron los primeros disparos. Luego se oyeron gritos de dolor y se vio una columna de humo, más allá del bosque cercano a su casa. Allí vivía una numerosa familia de gentes humildes, que nunca habían ocasionado daño a nadie. Su único delito, como en el caso de la familia del viejo, había sido darles agua y un poco de comida a algunos caminantes, que posteriormente se supo eran guerrilleros.

Ni el viejo ni el niño habían oído las llamadas de sus hermanos mayores, antes de oír los disparos. Creyendo que el abuelo y su hermano menor estaban a salvo, se internaron en las montañas, para ponerse a resguardo.

El viejo le pidió que no hablara y que no se moviera. Permanecieron agachados, entre unos matorrales, por mucho rato. Ambos contuvieron la respiración cuando oyeron pasos entre la maleza, en la misma quebrada. Desde el lugar en donde se encontraban pudieron ver a dos soldados con caras de adolescentes y asustadizos, que apuntaban con sus armas, moviéndolas en distintas direcciones y escudriñando el lugar. Estaban dispuestos a usarlas, sin preguntar quién vivía ni pidiendo la rendición. Esos soldados tenían orden de matar, no de tomar prisioneros. Lo sabía muy bien el viejo campesino. Se trataba de sentar ejemplos, para que nadie se atreviera a ayudar a los guerrilleros.

A la orden de un oficial, que parecía estar muy lejos, los soldados desaparecieron. Los fugitivos (ya podían considerarse como tales) permanecieron en silencio e inmóviles por un tiempo más. Cuando el viejo sintió que no había peligro, tomó al niño de la mano y se fueron a buscar el asno, que habían dejado amarrado, debajo de unas palmeras aceiteras, donde muchas veces habían comido algunos bocadillos y bebido agua de coco.

Para no ser sorprendidos por los soldados, abuelo y nieto bordearon los caminos, atravesaron plantíos, bosques y zonas pantanosas o con tupidos matorrales, hasta llegar a la casa abandonada. Desde allí continuaron hasta el sitio donde ahora se encontraban.

-Mañana estaremos lejos de aquí, estaremos donde están los nuestros. Es allí donde deberíamos haber permanecido. Si vinimos a este país fue porque buscábamos donde vivir tranquilamente. Pero eso fue en otra época. El lugar adonde vamos mañana es más seguro, en estos días.

El uso de dónde (adverbio interrogativo) es para preguntar en qué sitio hay algo o alguien.
Donde (adverbio relativo) se usa para responder en qué sitio hay algo o alguien.
Adónde (adverbio interrogativo) se usa para preguntar hacia qué lugar se va, por ejemplo. No se trata del lugar en donde hay algo sino hacia qué sitio, lugar o dirección hay que señalar algo o alguien que va en movimiento.
Adonde (adverbio relativo) se usa para definir una respuesta, hacia qué lugar se va.
A donde (preposición más adverbio relativo) se puede usar como el adverbio relativo donde. Ejemplo: van a donde sea más seguro.

Recuerden, estimados lectores, cómo se deben usar estos adverbios, dependiendo de si se está en un lugar o si se está en movimiento hacia un lugar.
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