LA VERDAD, SIEMPRE LA VERDAD.

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martes, 3 de noviembre de 2009

INTRODUCCIÓN PARA FUTUROS ARTÍCULOS

GÉNESIS Y APOCALIPSIS

"En el principio nada existía. Y de la nada, nada podía nacer o surgir. Por eso, tampoco podía haber un comienzo. En consecuencia, nunca habría un final".

Así podría comenzar la narración de una obra que fuera totalmente opuesta a la Biblia. Por supuesto que quien se atreva a hacer algo así podría ser considerado un "Anticristo", antisemita o hereje, sin darle la oportunidad de explicar sus teorías. Lo que sí se puede aceptar son obras como "Código Da Vinci", que plantea la posibilidad de una vida de Jesús, distinta a como se la han contado a los cristianos, especialmente a los católicos. Pero CDV no niega la existencia de Dios. Al contrario, en ese libro (y posterior película) se reafirma la existencia de un Ser Supremo, creador del cielo, de la tierra y todo lo demás... como decía uno de los tantos rezos que yo repetí durante muchos años, cada mañana y cada noche.

Tengo mucho que decir sobre las religiones y sobre muchos otros temas. Pero para entender cómo pienso, creo que sería conveniente saber cómo me he formado. Por eso, en este blog narraré algunos capítulos de mi vida. En esos capítulos narraré toda la verdad, tal como sucedieron las cosas. Lo único que cambiaré serán los nombres de personas, a las que no quisiera perjudicar, por mucho daño que me hayan hecho. Además, de acuerdo a las normas, no se debe develar nombres de personas sin su autorización. Sin embargo, esas personas se verán reflejadas en estas narraciones, como si se estuvieran viendo en un espejo, si tienen la oportunidad de leerlas.

UNA PARTE DE LA NIÑEZ, EN MULCHEN, CHILE.

Desde muy niño fui a las iglesias católicas, las que consideraba mi refugio. Creo que había una catedral en mi pueblo. Los sacerdotes vestían sotanas negras. Pero sufrí amnesia cuando tenía veinte años y me tomó muchos años volver a recuperar la memoria, a medias. Por eso nunca pude recordar dónde estaba esa catedral o si realmente había existido en mi pueblo. Quizás la confundí con la Catedral de Santiago o con la Catedral de Lima, aunque esta última jamás visité. De lo que sí estoy seguro era de que existía un convento franciscano en la cima de un cerro, al que se llegaba por una larga escalera de piedras y cemento. Así daba la impresión de que se subía por una pirámide para llegar al convento, el que se veía majestuoso desde el pueblo.
He llevado grabado ese paisaje durante toda mi vida y he soñado con esa montaña, con las escaleras y el convento. En los sueños el paisaje ha cambiado, se ha transformado totalmente. He visto máquinas y enormes zanjas, tuberías gigantes, precipicios y todo tipo de paisajes nuevos, en constante movimiento. Lo más curioso es que cuando intento recordar exactamente el paisaje original, no logro recordar más que el convento, el cementerio que está a su lado, las escaleras y un molino de agua que estaba a un costado. Todo lo demás son figuras difusas, incluyendo la imagen de una hermana que conocí, cuando regresé a ese pueblo a los veinte años, en busca de un padre que había muerto dos años antes.

Siempre me he preguntado por qué he vuelto a soñar con ese lugar, muchas veces mezclado con otros lugares, como montañas que llevan a playas o a ríos, bosques de eucaliptus, etc. Cuando he soñado con sitios lejanos, incluso ubicados en otros países, de alguna forma siempre se mezcla alguna escena de aquel lugar. Algunas escenas o vistas que se mezclan son parrones, con distintos tipos de uvas. Y al otro lado de una cerca hay cerezas rojas. Al otro lado, muchas y variadas frutas.

Recuerdo cada uno de los rincones del convento -de lo que se permitía ver a los feligreses- y los curas con sotanas marrones que llevaban bien dibujadas las rasuradas y enormes aureolas en la nuca, que los hacía verse como santos.

Un día fueron dos hombres ebrios a mi casa, junto a otra persona. Eran dos hombres altos, uno delgado, el otro muy barrigón, que llevaba sotana. Ese día tuve dos sorpresas (mejor dicho, tres...), cuando los hombres entraron por la puerta de la pensión que regía mi madre (en la misma casa. Se llamaba "Pensión Bahía", y estaba justo enfrente de un lugar en donde frecuentemente había ferias de animales. La primera sorpresa, que tomé con mucha vergüenza, era que el hombre que acompañaba al sacerdote era mi padre. No sé cómo él había llegado allí. Tal vez ni siquiera sabía que entraría al negocio de mi madre. Suele ocurrir que algunos borrachos van de bar en bar, de cantina en cantina o de pensión en pensión, bebiendo, como si estuvieran en un centro de atracciones y fueran probando distintos juegos o distintas comidas.

Los hombres entraron y pidieron vino. El que no llevaba sotana saludó efusivamente a mi madre e intercambiaron algunas frases que yo no entendía. Lo único que se me quedó grabado fue lo siguiente:

-Ahí está tu hijo...- le dijo mi madre al hombre sin sotana.
-Ahora que el padre está aquí, hablemos con él, confesémoslo todo- respondió el hombre, refiriéndose al cura.

Se siguieron intercambiando frases absurdas, sin mucho sentido. El hombre reconocía ser mi padre, pero ni siquiera me dirigió la palabra. Menos aún me dio un abrazo o caricia, una palmada en el hombro o la cabeza. Era un diálogo entre dos personas que hablaban de un hijo común, que parecía no estar presente.

El cura tenía la mirada perdida en un punto indeterminado y balbuceaba frases incoherentes. Parecía estar en otro mundo y nada entendía de lo que hablaban mi madre y mi "padre". El obeso cura tenía los ojos vidriosos y rojizos. Se tambaleaba y se le movía la cabeza, como si la tuviera suelta.

Esa era otra sorpresa: ver a ese sacerdote tan o más ebrio que su acompañante. Nunca había visto un cura ebrio. ¡Y los curas hablaban en contra del alcohol! Por eso la escena no cuadraba mucho con lo que yo había empezado a aprender de la vida, habiendo recibido los mejores consejos en la iglesia. Embriagarse era, para mí, un pecado. Y he ahí un cura ebrio. Mi mente de niño de 7 años no alcanzaba a comprender eso.

La tercera sorpresa fue cuando el cura quiso ir al baño y lo tuve que acompañar para que orinara en el patio. Sí, yo sabía que era un hombre. Pero siempre había considerado a los curas como seres distintos. Verlo sacar su miembro y ponerse a orinar en forma grosera, en la misma forma que lo hacían otros borrachos, me impactó. Mientras el cura orinaba, se tambaleaba y casi caía, por lo que tuve que alejarme rápidamente, por temor a que me salpicara o cayera sobre mí.

Se fueron, así como llegaron. No sé si se despidieron de mi madre. De mí, no. Yo, para ellos no existía, aunque a mí eso no me importaba en absoluto. Ni siquiera estaba consciente de lo que acababa de ocurrir. En ese momento yo no necesitaba un padre. Lo necesité años después, cuando empecé a pensar como adolescente. Y a los curas los podía seguir viendo en el convento y podía seguir imaginando que eran santos. Esa fue la primera y última vez que vi a mi padre. También fue la primera y última vez que vi un cura ebrio.

Mi madre me llevaba todos los domingos a misa y asistíamos también a todas las "novenas", en las que se cantaba y se rezaba. Cuando se acercaba Navidad, había una serie de fiestas preparatorias de la fiesta final. En el coro, los niños tocaban unos instrumentos con tapas de botellas, amarradas con alambre. También tocaban las "matracas", instrumentos con trozos de madera y cordel. Yo soñaba con ser parte del coro. Pero mi madre nunca me inscribió en las actividades del convento. Algunos años más tarde fui inscrito en una escuela católica y desde ahí tuve la oportunidad de conocer el Seminario de Peñaflor, una escuela para formar sacerdotes que ya no existe. Pero ésa es otra historia…

COMIENZO DEL EXILIO
Recuerdo el día que abandoné Chile, en noviembre de 1973. Entonces era muy joven y creía que regresaría en sólo algunos meses. Llevaba menos de un año de casado y había dejado todo: trabajo, estudios y mucho más. Había dejado toda una vida, todo un destino. Lo había cambiado por otro, muy distinto al que yo jamás hubiera imaginado.

El viaje fue por tierra, hacia Perú. Un bus me llevó, junto a un par de amigos, hasta Arica, la ciudad de la eterna primavera. Probé las aguas cálidas del mar, cerca del Morro, lugar histórico para chilenos y peruanos. Era maravilloso nadar en esas aguas tan calientes, a diferencia de las aguas de las playas del centro y sur de Chile, enfriadas por la corriente de Humboldt, que viene de la Antártica. Pero sólo estuvimos allí algunas horas. No había tiempo ni dinero para hacer turismo. En Arica tomamos un taxi. O tal vez caminamos. No lo recuerdo. Allí cambiamos dinero chileno por dinero peruano (en aquella época existía el Escudo chileno y el Sol peruano). Desde Tacna continuamos el viaje hasta Lima, la capital.

En esta ciudad estuve hasta el año 1975, más de un año. Los primeros meses trabajé en la misma empresa en la que trabajaban mis amigos, vendiendo biblias. Mis amigos eran expertos vendedores de libros. Yo los había conocido en la Editorial Quimantú, que antes se había llamado Zig-Zag. Actualmente se llama Gabriela Mistral.

Cuando ingresé en la facultad de Agronomía, de la Universidad de Chile, en Santiago se me ocurrió difundir la literatura de esa editorial. En esa forma pensaba costear mis estudios. Fue así como conocí a mis dos amigos. Pero a ellos no me referiré aún. No porque nada tenga que decir sobre ellos, sino porque hay cosas más interesantes sobre las que se puede escribir. Sólo puedo decir que gracias a ellos conocí otra forma de vivir y descubrí un mundo nuevo. Ellos fueron buenos interlocutores y contribuyeron a enriquecer mis conocimientos. El nuevo tipo de trabajo y la situación de exilio nos dio la posibilidad de intercambiar ideas sobre técnicas de venta, política, filosofía, etc. Las circunstancias especiales en las que nos vimos envueltos también provocó fisuras entre nosotros y cuando dejamos Perú cada uno eligió distintos países para continuar la vida de exilio. La esperanza de regresar a nuestra patria se hizo imposible. La dictadura de Pinochet se hacía cada día más fuerte y ninguno de nosotros quería vivir en una dictadura, al menos no sin luchar contra ella. Y no teníamos capacidad para eso.

Fue así como comenzó una aventura de más de 30 años en Europa. Nuevos idiomas, nuevas costumbres, nuevas familias, muchos hijos. Todo fue nuevo. Y la idea de regresar a Chile se fue debilitando con el paso de los años. Era muy fácil sucumbir ante las posibilidades económicas que surgían en los países que habían logrado enormes progresos gracias a la explotación de países africanos, asiáticos y latinoamericanos. En mi caso específico, el país elegido fue Suecia, que se caracteriza por haberse mantenido (aparentemente) neutral durante la Segunda Guerra Mundial y por haber aprovechado el trabajo de millones de inmigrantes de todo el mundo para levantar su economía. Tampoco quiero hablar sobre estos temas, por ahora. Ya lo he hecho en mis anteriores páginas web y blogs. La experiencia de vivir en un país que se considera como el “país del bienestar” y uno los “mejores ejemplos de democracia” del mundo me ha otorgado la posibilidad de escribir sobre muchos temas.

Suecia me dio mucho, en todos los años que viví allí. En ese país nórdico pude asistir a muchos lugares de estudio, incluyendo dos universidades. Pero también sufrí el racismo, a veces abierto y otras veces disimulado, especialmente cuando tuve momentos de éxito.

Sin embargo, haciendo un balance, puedo afirmar que fui privilegiado. No puedo decir que todo ha sido negativo ni que todo fue positivo. Mi integración fue casi total, aunque tenía un vacío enorme, porque añoraba el contacto con el pueblo latinoamericano.

Gracias a mis labores pedagógicas tuve contacto con hispanohablantes, que enriqueció mi idioma materno, lo que no ocurre con la mayoría de inmigrantes españoles o latinoamericanos que, lamentablemente, empobrecieron su propio idioma. La mayoría de sus hijos lo perdieron casi completamente.

He hecho esta introducción para que se entienda uno de los propósitos de mis inquietudes literarias, basadas en el deseo de contribuir a mejorar y enriquecer el idioma español.
Conozco muchos poemas y canciones de distintos países. Y sé que las diferencias idiomáticas pueden hacer incomprensibles algunas frases para los habitantes de algunos países, a pesar de la poca distancia que hay con los lugares de origen de los poetas o cantantes. Por razones obvias conozco más a los autores de mi país de origen. Y más aún, a aquellos que se oían o se leían en la época anterior al exilio. Por ese motivo, comenzaré con poemas y canciones de poetas chilenos, a partir del próximo artículo.

Invito a mis lectores a leer mis otros blogs y páginas web. Se puede llegar a esos sitios si usted pincha en NOTICIERONESTOR, en el artículo anterior a éste.

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