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domingo, 2 de enero de 2011

SEGUNDO DÍA DEL NUEVO AÑO 2011

REFLEXIONES DE AÑO NUEVO

En mi incursión de fin de año al pasado recordé muchos amigos y amigas, creo que no olvidé uno solo. Pero, naturalmente no los puedo mencionar a todos. Todos los que mencioné son hombres. Antes había hablado algo sobre Rosa Jaña, en mi artículo sobre la música. Ella fue otra de las personas que influyeron en mi forma de pensar, aunque en nuestro caso se producjo una especie de simbiosis mental, de la cual ambos sacamos gran provecho. Al comienzo de nuestra amistad yo sólo me limitaba a ayudarla en la pronunciación de francés, al igual que a nuestra amiga en común, Cleopatra Valenzuela, quien fuera uno de mis amores platónicos de mi adolescencia. Rosa y yo pasábamos noches enteras hablando sobre diversos temas, como el de la existencia de Dios y las distintas teorías con las que yo intentaba convencerla para que creyera en Dios. A veces nos acmpañaba Cleopatra. Las dos formaban frente común frente a mí, haciéndome vacilar, an algunas oportunidades. No pocas veces se reían de mí, no en tono de burla sino buscando amenizar nuestra reuniones con conversaciones divertidas. Los tres evolucionamos y maduramos, cada uno en forma distinta. Nuestras últimas conversaciones ya trataban asuntos netamente políticos y estábamos cada vez más de acuerdo en todo.

Esas dos amigas y muchos otros camaradas o compañeros de estudio desaparecieron de mi vida cuando llegó el Golpe de Estado y el exilio. Nunca más volví a saber de ellos, algo que lamentaré hasta el día de mi muerte.

Convencido de que el capitalismo había triunfado y que las luchas de la clase trabajadora había sido aplastada para siempre, por el Talón de Hierro que había anticipado Jack London en una de sus novelas, me dejé absorver por la sociedad de consumo, en el país nórdico de Suecia. En Rumania había muerto para mí la lucha política, al constatar que el partido socialista en el que había militado se había escindido en muchos grupúsculos guiados por demagogos pequeño-burgueses, que sólo pretendían satisfacer sus intereses personales, sin importarles la unidad del partido ni los principios básicos de la Revolución. A la división política en sí se sumaba la deconexión con los dirigentes que había en el interior de Chile. En cada país en el que la militancia estaba en el exilio nacían corrientes distintas. La relación con los otros partidos de izquierda tabién se deterioraba. Crecía la desconfianza entre todos. Se veía espías por todas partes. Cada partido adoptaba medidas de protección que muchas veces rayaban en lo absurdo. Cada día había nuevos rumores, cada cual más apocalíptico que el anterior.

Así pasaron los decenios de trabajo y estudio, con fracasos matrimoniales, nuevas relaciones sentimentales, cada vez más complicadas y sin base sólida, muchas veces nacidas de la desesperación por estar solo y por el alejamiento de las metas que me había propuesto cuando adolescente. Sentía que el tiempo se me escapaba de las manos. Quería recuperar el tiempo perdido y dedicarme a lo que más me gustaba, pero nunca me enconcontraba preparado para ello: escribir. Cada vez me enredaba más en la solución de problemas económicos y familiares, postergando constantemente mis metas.

Si quisiera remontarme al pasado físicamente, me gustaría volver a esa etapa anterior al exilio y empezar de nuevo. En lugar del exilio tal vez elegiría otro camino, aunque probablemente cualquier otro camino me haría sucumbir bajo la represión militar.

Lo que digo en estos artículos no tiene como finalidad contar mi vida. Sólo he querido hacer una especie de recuento de algunos de mis recuerdos importantes y explicar cómo he evolucionado para llegar a pensar como pienso, aunque eso tal vez sólo tiene importancia para mis hijos, cuando alguna vez lean esto.

Lo importante ahora es seguir analizando lo que sucede en el mundo, fundamentalmente en lo que respecta a la formación de una sociedad, a su organización política y su estructura económica y jurídica.

Considero que todos quienes hemos tenido la suerte de lograr una formación intelectual, ya sea con la asistencia a clases en centros de estudio y universidades o a preparación autodidacta, tenemos la obligación de traspasar nuestros conocimientos y experiencias a otras personas, que tal vez puedan hacer cambiar este mundo injusto en el que vivimos. Esa es una de las metas que me propuse, cuando tenía apenas quince años, mientras me esforzaba por lograr buena educación, al mismo tiempo que trabajaba para poder sobrevivir. En ese entonces creía ya que tenía mucho que contar. Lo que había vivido hasta entonces me parecía único. Casi medio siglo después tengo mucho más que decir.

Ahora sé que no soy el único en padecer tantas penurias y haber encontrado el verdadero origen de ellas sino que soy uno de los tantos millones de seres humanos que hemos tenido experiencias similares. Lo peor de todo es que son muchos más los millones de seres humanos que sufren aún mucho más y que están lejos de darse cuenta de por qué están sumidos en la situación de miseria. Una vez más se puede aplicar el razonamiento del pobre que se consideraba el más pobre del mundo. Siempre creí que era una parábola cristiana. La supuesta parábola decía: "Señor, Señor, ¿habrá en el mundo alguien más pobre y triste que yo?"

Se trataba de un hombre que iba comiendo un trozo de pan añejo y se lamentaba de su condición,  pero al volver la mirada atrás se dio cuenta de que otro hombre comía las migajas que a él se le caían. No encuentro la frase en la Biblia, pero encontré el siguiente verso  de Segismundo, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca:

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que comía.
¿Habrá otro --entre sí decía--
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.


En mi caso, no lamento mi condición ni las miserias que pasé. Al contrario, estoy agradecido de haber tenido esa rica experiencia. Pero es importante señalar que nuestras experiencias no son las más desagradables, que siempre hay quienes sufren más. Y lo peor de todo es que la mayoría no se da cuenta de por qué existen tantas injusticias. Su ceguera los lleva a aceptar su condición, sin luchar por salir de ella o a luchar en forma equivocada, volviéndose muchas veces, contra quienes luchan por sus derechos.

ARTÍCULOS ANTERIORES SOBRE EL TEMA:


PRIMER DÍA DEL AÑO 2011

ÚLTIMA NOCHE DEL AÑO 2010

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